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La llegada de una mujer a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) ha sido motivo de aplausos. Desde el ángulo de la tardía apertura en México hacia el empoderamiento del género femenino, muchas mentes creen ver un avance. Sin duda que lo es, pero está por verse la profundidad del mismo desde la perspectiva de las urgencias nacionales en la agenda feminista.

Por lo mismo, puede resultar un acto de ingenuidad el depositar muchas expectativas sobre el advenimiento de nuevos y buenos aires para las mujeres, solo porque una de ellas pudo llegar al pináculo del poder.

Desde hace décadas comenzó un lento pero incontenible avance del sello femenino hacia los escaños de poder. Todo lo cual es resultado de un largo caminar por la conquista de ciertas mejoras para la difícil condición de mujer en la vida nacional. 

Y ese es el camino, aunque como prioridades falta mucho por aterrizar. En lo inmediato, los 3 mil 852 feminicidios en cuatro años de este sexenio, y los 11 asesinatos de mujeres que ocurren cada día, la gran mayoría impunes, debieran motivar a la adopción de medidas radicales desde la Corte.

Referente al tema inicial, entonces, hay que ver con optimismo razonable la elección de la ministra Norma Lucía Piña Hernández como presidenta de la Corte y concederle el beneficio de la duda. Pero ciertamente, están bajo la lupa la autonomía del Poder Judicial y la independencia de los ministros y jueces.

A tal punto de que sus fallos sobre trascendentes reformas constitucionales han levantado polémica nacional (la militarización de la lucha contra la inseguridad, la aprobación del uso recreativo de la mariguana y otras).

En el reciente caso de la militarización -a propuesta del presidente de la República-, algunos de ellos justificaron la permanencia de los militares en labores de seguridad -tal fue el sentido del voto de la ministra Piña- en contra de una oposición ciudadana mayoritaria (desde el ámbito de la preocupación por las violaciones de militares a mujeres y a los derechos humanos en general). 

Por otro lado, a juzgar por el mecanismo de la elección en la Corte – con una votación muy dividida, de seis a cinco, en tercera ronda, y bajo presiones externas en la coyuntura de la sucesión presidencial- el relevo, por el momento, solo fue un movimiento estratégico en el tablero del poder.

La llegada de una mujer a la presidencia de la Corte, pues, no es resultado de prioridades en la agenda feminista nacional. Sin embargo, ahí está el simbolismo que mucha gente quiere ver en esa jugada. Que así sea en los próximos candentes cuatro años.

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