En los últimos meses, ha estado circulando la pregunta y la discusión en torno a la
jornada laboral, sus horas y su esqueleto como tal. Tras la promulgación de la reforma
al Artículo 123, la jornada laboral en México fue reducida a 40 horas semanales, lo
cual, significa 5 días de labor y 2 días obligatorios de descanso, y , aunque esta ley
entró en vigor en mayo de este año, el proceso para que sea una realidad aún es largo.
Uno de los principales debates y razonamientos detrás de este esperado cambio, ha
tenido que ver con un rango de descanso mayor, que permita a los trabajadores un
mejor sosiego que tenga como consecuencia un mejor rendimiento en las jornadas
laborales, y así disipar el conflicto de todo esto.
La clase obrera en nuestro país parece ser una víctima constante de la “trampa de la
supervivencia”, ni en su tiempo de ocio, parece escapar de la dificultades cotidianas de
inaccesibilidad e insuficiencia con las que constantemente se topa, fuera y dentro de su
periferia laboral.
Pareciera que el ocio en México se ha convertido en un lujo y sobretodo, en un
producto que se puede comprar con la moneda de la autonomía, esa autonomía de la
que gozan los individuos con mayor riqueza, que les permite tener menores tiempos de
traslado, una organización urbana conveniente y espacios adecuados y seguros para
una constante recreación activa.
Aunque debemos de ser capaces de celebrar esto, y hago la invitación a hacerlo,
también debemos de ser conscientes de que el reconocimiento a que la jornada laboral
actual es insostenible, no significa, de manera directa que estemos humanizando al
empleo ni a las instancias que lo regulan y vigilan.
La manera en la que se comunica el cambio en la reforma laboral nos revela dos
factores muy importantes, la primera, que hay una cierta jerarquía irrompible en el
sistema del trabajo que beneficia siempre a los patrones y al sistema productivo capital
y la segunda, que no hay una intención clara de cambiar las condiciones laborales,
porque si la hubiera, se pensaría en toda la periferia de factores que no le permite a los
individuos tener una sana y humana jornada laboral.
El primer punto se nos revela desde el momento en el que la propuesta, de manera
inicial y contundente, tiene que ver con que el cambio se haga de manera gradual,
reduciendo 2 horas por año hasta el 2030, con el fin de que el flujo comercial se pueda
adaptar al cambio, otro de los argumentos planteados para la toma de decisión fue que
si el trabajador contara con más días libres sería entonces menos susceptible a faltar o
a pedir permisos por razones personales, mostrando que, el incremento del descanso
haría más productivo al trabajador.
Lo anterior nos revela, que en este sistema, se piensa en el trabajador como un activo
y no como un ser humano que tiene derechos, convicciones, deseos, placeres y
libertades fuera de su puesto como empleado, porque si realmente nos importara
mejorar las condiciones laborales, comenzariamos por hacernos otras preguntas, y
proponiendo soluciones, como un mejor sistema de transporte, mejores sistemas de
salud, jornadas laborales por hora que redujeran la informalidad.
Si vieran a los trabajadores y las trabajadoras como seres humanos, entonces
trabajarían por disminuir la brecha salarial por razones de género, habrían lactarios en
todos los centros de trabajo y habría una lucha por la dignidad de cada uno de ellos.
Pero por ahora, es responsabilidad de todos, luchar por humanizar los lugares de
trabajo, aquellos cerca de nosotros, para que el efecto llegue a aquellos inalcanzables
desde nuestra realidad, con el fin de combatir la dura verdad de este sistema que es
capaz de ponerle precio a la vida de la clase trabajadora, antes de hacer algo real para
humanizarla.
Contacto.- @sarahsfarias (Instagram)




