*La violencia machista es estructural, no respeta ideologías políticas ni credos religiosos*
En no pocos casos, cuando una mujer está atrapada en un patrón de abuso, incluso en medio de la violencia, puede sentir preocupación por su agresor. También, porque reconocerlo sería admitir que se equivocó. Hay personas que, aun viviendo la violencia en carne propia no cuentan con las herramientas necesarias para hacer ese análisis. Negar la violencia de género no la hace desaparecer. Alinearse con el machismo no protege a nadie de sus agresiones. La perspectiva de género no es un capricho ideológico, sino una herramienta para salvar vidas, incluso la propia, en el caso de las víctimas.
Según Cleveland Clinic, el Síndrome de Estocolmo es una respuesta psicológica paradójica donde una víctima de secuestro, abuso o cautiverio desarrolla sentimientos positivos, empatía o lealtad hacia su captor o agresor como un mecanismo de supervivencia para afrontar una situación traumática. Se caracteriza por la identificación con el agresor, la creencia de sus razones y la desconfianza hacia las autoridades, y aunque no es un diagnóstico formal, se asocia con experiencias de maltrato y se trata con psicoterapia.
Las características principales de este síndrome son:
Vínculo afectivo: La víctima desarrolla sentimientos positivos hacia su captor, como afecto o compasión.
Percepción alterada: La víctima empieza a ver al agresor como un aliado, justificando sus acciones o identificándose con sus motivos para sobrevivir.
Desarrollo de defensa: Es un mecanismo de afrontamiento ante el miedo extremo, donde el cerebro humaniza al agresor para encontrar una salida, liberando dopamina.
Contexto: Se observa en secuestros, abusos domésticos, maltrato infantil, trata de personas y otras situaciones de cautiverio o abuso.
Aunque exista una contradicción evidente, la respuesta no debe ser burlarse ni negar sus derechos a las agredidas. La perspectiva de género no se otorga como privilegio a quienes la defienden, sino como derecho universal. Quienes se oponen a reconocerla no se dan cuenta de su evidente necesidad. Hay quienes reducen la perspectiva de género a una “agenda ideológica”. Con ello no sólo obstaculizan la creación de leyes, presupuestos y políticas públicas para combatirla. Ese discurso erosiona la protección que muchas mujeres necesitan para su seguridad, y sigue alimentando la desconfianza hacia la educación con perspectiva de género en las escuelas y refuerza el estigma hacia las sobrevivientes.
Ese discurso va en contra de los derechos de miles de mujeres que enfrentan procesos extremadamente violentos sin los recursos necesarios para sostenerlos.
La situación actual en muchos casos hace evocar la dictadura teocrática y patriarcal de Gilead, que se refiere a un estado teonómico cuyo sistema legal y moral se basa en una interpretación fundamentalista y literal de la Biblia cristiana, específicamente del Antiguo Testamento, que reconoce a una deidad como la autoridad gobernante suprema, con líderes humanos (Comandantes) que actúan como intermediarios con poder absoluto, en el que se daba la paradoja de mujeres que eran, al mismo tiempo, cómplices y víctimas. El patriarcado utilizaba a las mujeres para perpetuarse, pero no las libraba de su violencia.
La perspectiva de género no es selectiva, es un marco de justicia. No se trata de elegir a quién proteger según simpatías políticas, sino de garantizar que nadie quede desamparado frente a la violencia. La violencia machista es estructural, no respeta ideologías políticas ni credos religiosos. Por ello es necesario educar con perspectiva, legislar con perspectiva y vivir con perspectiva. Porque el silencio, la negación o la complicidad nunca han salvado a nadie. Y porque el patriarcado nunca ha protegido a nadie. La perspectiva de género, en cambio, puede salvar a las víctimas y proteger a las potenciales.




