Es cierto, se puede engañar a algunos por algún tiempo, pero no a todos, todo el tiempo. Las reacciones de la ciudadanía de muchos estados de la Federación, elocuentes y hablan de una madurez política que el régimen se resiste a aceptar.

La mentira y el engaño, proveniente de un grupo que consiguió hace dos años el apoyo mayoritario, es más grande que lo que se imaginan. No estamos hablando de truculencias y jugueteos palaciegos. Puede causar tragedias de proporciones incalculables e impredecibles. 

La indignación provoca respuestas violentas en un pueblo primero decepcionado, y después meridianamente engañado. El que juega de ese modo, juega con fuego, es un irresponsable contumaz,y es alguien que no tiene las luces para prever siquiera los rebotes de su conducta ilegal y rastacuera. 

Una mentira lleva a otra, en una cadena interminable. Cuando se profiere la última, ya no se recuerda la primera. Si el régimen hubiera difundido desde el principio las condiciones que los poderosos le impusieron para ejercer el mando en su exclusivo beneficio, hubiera sido más limpio el tránsito de la Cuarta Decepción en el gobierno.

Cuando no se acepta el error básico, como es el caso, la falla no puede ser eludida con argumentos surgidos de culpas de los anteriores. Menos puede basarse en lo peor del síndrome autoritario del poder unipersonal, desdeñoso del mandato popular.

Actuar en la clandestinidad o al margen de las leyes establecidas, bajo la permanente sospecha ciudadana, arroja siempre pasivos y rechazos que no pueden ser superados jamás con justificaciones morales y posteriores, aunque se opongan a toda lógica democrática. 

El tufo despótico ya no prospera cuando el alud de evidencias, mostradas en todo el mundo han magnificado los gazapos, las incompetencias y las burlas abiertas a la población. Son errores peores a los que provocaron el error mayúsculo y original. 

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