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Huyeron de sus pueblos, porque si se quedaban más tiempo, pudieron ser asesinados. Son los mexicanos que se convirtieron en migrantes forzados, que en esta Navidad esperaron recibir una buena noticia de las autoridades de Estados Unidos para recibir asilo político o humanitario y con ello salvar sus vidas, lo cual no sucedió

Nunca hubieran esperado estar en un fin de año tan lejos de sus casas, mirando con ojos llenos de esperanza hacia el norte, en espera de que se abriera una oportunidad que les permitiera hacer una nueva vida en un país extraño, al que huyen por el peligro de muerte en el cual están si permanecen en México.

“María”, una mujer desplazada, relata para la televisión como su hijo fue “levantado” el 29 de marzo de 2019 por un grupo delincuencial en Aguililla, Michoacán. Nunca fue encontrado, porque durante dos años la familia fue amenazada por los captores y finalmente tuvo que abandonar el poblado, como la única manera de poder sobrevivir.

Michoacán es uno de los estados que con mayor fuerza ha resentido la violencia del narco. Ese estado siempre ha expulsado a ciudadanos que buscan en la Unión Americana una mejor manera de ganarse la vida y enviar a sus familias remesas de dólares con las que puedan mantenerse.

Se trata de los migrantes por una causa económica. Sin embargo, a ellos se les suman ahora los desarraigados por la inseguridad.

Aguililla es un sitio golpeado por la delincuencia, especialmente por la guerra entre el Cartel Jalisco Nueva Generación y los llamados Cárteles Unidos, a tal grado de que se está convirtiendo cada vez más en un pueblo fantasma.

La situación de violencia es tan extrema que no sólo las víctimas de delitos son las que huyen a la frontera norte, sino también los mismos delincuentes. En uno de los refugios para migrantes en Tijuana, Baja California, “Victoria” reconoció a dos de los sicarios que desaparecieron hace meses a su hijo.

Cuando se percató quienes eran, la mujer sintió un vuelco en el corazón, pero no pudo decir nada, por temor a sufrir represalias en contra de ella y de dos de sus hijos que la acompañan en espera de obtener una visa humanitaria por parte de las autoridades estadounidenses.

Presumiblemente, los sicarios huyeron a la frontera norte para intentar entrar a Estados Unidos, temerosos de la venganza que pueden sufrir por parte de carteles antagónicos o de su propia organización, que les pone precio a sus cabezas, cuando fallan en un operativo que se les encarga.

En el mundo del hampa, no acatar adecuadamente las órdenes, se castiga comúnmente con la muerte y esto propicia que hasta los propios delincuentes representen también una corriente migratoria a Estados Unidos.

Los que huyen de la inseguridad de Michoacán esperan obtener asilo político en Estados Unidos, porque saben que volver a sus lugares de origen les significaría la muerte. Ya abandonaron el terruño y no esperan retornar a él.

Su permanencia en los refugios de Tijuana es temporal, pero a medida que transcurren los días y no reciben una respuesta de las autoridades, la desaparición aumenta. Aunque permanecen en México, están muy lejos de su tierra michoacana y se sienten como los nonatos fallecidos, en el limbo, es decir, en ninguna parte.

En esta Navidad recibieron una cena gratuita y los que sigan en el refugio hasta llegar al 31 de diciembre, tendrán una segunda vianda de Año Nuevo y verán llegar el 2021 con la misma desazón con la que arribaron a Baja California.

Y en ese futuro incierto, se hermanaron en la desgracia con los miles de haitianos, cubanos, salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, venezolanos, que llegan a México huyendo de la violencia o de la pobreza prevaleciente en sus países.

Sus ganas de ingresar como sea a Estados Unidos y tener una mejor vida para sus familias es más grande que el miedo que tienen de ser robados o secuestrados por las bandas criminales mexicanas o de ser estafados por los “polleros” que prometen pasarlos del otro lado de la frontera.

Esperan una respuesta positiva por parte de las autoridades estadounidenses, pero la mayor parte de ellos que reciben un fallo negativo no duda en pagar a alguien que los lleve del otro lado, en donde pueden seguir alimentando una esperanza.

Después de mucho batallar, muchos migrantes extranjeros aceptan las visas humanitarias concedidas por el gobierno mexicano para permanecer en nuestro país, pero la mayor parte de ellos lo hacen como una acción temporal que les permita estar un tiempo en territorio nacional para tratar llegar a Estados Unidos como objetivo primordial.

Tanto los mexicanos, como los extranjeros no cejan en su empeño por entrar por cualquier medio a Estados Unidos. Saben que no tienen alternativa, regresar a sus lugares de origen les significaría la pobreza o, en el peor de los casos, la muerte.

 Contacto.- javiervelazquezf@gmail.com

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LA LUCIDEZ DE MUÑOZ LEDO INCOMODA AL PRESIDENTE

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