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Las cumbres internacionales son generalmente una sucesión de eventos protocolarios y un photo op que dura días. Generalmente no se llega a ningún acuerdo y la agenda de trabajo es nimia. Sirven para evidenciar la salud diplomática entre naciones y homologar visiones en temas que atañen a los participantes. 

En las semanas previas, los líderes de los países involucrados se dedican a calentar la plaza (en el caso de México no es solo un eufemismo) y ponerse al corriente en las agendas de trabajo conjuntas. En ese sentido pudimos ser testigos de la aprehensión de Ovidio Guzmán y de la apertura de las fronteras para recibir decenas de miles de migrantes centroamericanos. 

El actual gobierno ha sido omiso en controlar el trasiego de fentanilo que sólo en el 2021 mató a casi 80 mil personas en las ciudades estadounidenses. Tampoco ha podido atemperar el flujo de migrantes centroamericanos que han cruzado la frontera para escapar de tiranías políticas y tragedias climáticas. 

Pero mientras soldados y marinos ofrendaban sus vidas para capturar al tributo que le sacaría una sonrisa al Presidente Biden y redirigiría el Air Force One hacia el AIFA, el presidente, en Palacio recibía a Kristinn Hrafnsson y Joseph Farrel, editores de Wikileaks. 

¿El propósito? Plantearle al Presidente Biden la posibilidad de que libere a Julian Assange. Para el Presidente ha sido difícil gobernar y al mismo tiempo tener contentos a sus camaradas de marchas, lucha y francachelas. A Pedro Miguel, en una paellada en Palacio, le prometió que liberaría a Assange y no le puede fallar. Frente a sus amigos y novias al Presidente le gusta lucirse; demostrarles que la lucha por el poder valió la pena y que ahora desde Palacio puede cambiar el mundo. Aunque sea a punto de ocurrencias. 

Assange no es un  periodista, es un criminal que vulneró el sistema y a la comunidad de inteligencia de nuestros vecinos y socios. En una nuez: Para el gobierno que encabeza el presidente Biden, Assange es un delincuente. La defense de Julian Assange es una terrible decisión de política exterior y nada tiene que ver con la libertad de expresión.

Julian Assange no es un adalid de las libertades como la progresía quiere hacernos creer. Su juicio será una victoria para el Estado de derecho y no una transgresión a las garantías individuales, como sugiere el spin que le han querido imprimir los progres globales. Sus protectores han contribuido a su victimización al esgrimir que su labor al frente de WikiLeaks está protegida por la primera enmienda y que su probable encarcelamiento violenta la libertad de expresión. 

Estados Unidos a pesar de sus coqueteos con el populismo autocrático de Trump es una democracia liberal. Una democracia que reconoce su derecho y obligación de defenderse como régimen político y proteger a sus ciudadanos de enemigos autoritarios como China y Rusia. Assange puede dar a conocer secretos sobre una democracia liberal y ponerla en riesgo. Pero eso implica transgredir las leyes y, por lo tanto, el gobierno estadounidense lo puede llevar a tribunales para ser juzgado de acuerdo con la ley. El presidente de México debe de mantenerse al margen y no adoptar la postura de transgresor institucional en la que sus amanuenses lo quieren enfundar.

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