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¿SON AUTÉNTICOS LOS AMORES DE PANTALLA?

¿SON AUTÉNTICOS LOS AMORES DE PANTALLA?

*La pantalla puede acercar, pero, a veces, también puede convertirse en escondite. Nunca sustituirá la presencia*

Un fenómeno creciente, cuya aparición se debe a la generalización del uso de la Internet y las redes sociales son las relaciones a distancia, que nacen y se prolongan en línea y en ocasiones evolucionan en relaciones formales.

La proliferación de estos vínculos obliga a preguntarse qué tan sólidos pueden ser si no reflejan la vida real si no hay un conocimiento personal.

La ciencia todavía no etiqueta este tipo de vínculos. Dependiendo de sus características, puede hablarse de relaciones románticas mediadas por tecnología, intimidad digital o relaciones mantenidas principalmente en línea. 

La periodista Adela Ramíez dice que “lo importante no es solamente cuánto se comunican dos personas, sino qué ocurre cuando esa comunicación nunca abandona la pantalla”. Si bien las investigaciones han encontrado que la comunicación digital puede aumentar la sensación de familiaridad y cercanía, un estudio publicado en Computers in Human Behavior encontró que la frecuencia con la que una persona comparte información en redes puede incrementar la familiaridad y la percepción de cercanía hacia ella. Es decir, ver y leer constantemente a alguien puede producir la sensación de conocerlo mejor, aunque esa familiaridad no necesariamente corresponda a una relación profunda en la vida cotidiana.

La familiaridad puede confundirse con intimidad, dice Adela, “porque saber a qué hora se despierta alguien no significa conocerlo. Saber cuál es su canción favorita tampoco. Mucho menos recibir fotografías de su desayuno, de su perro y de la puesta de sol”.

La pantalla permite una intimidad peculiar: se puede contar una infancia difícil, hablar de los sueños, confesar miedos y escribir durante cinco horas sobre el futuro, sin compartir siquiera una tarde de sábado. Escribir permite controlar la imagen que se proyecta. Se puede pensar antes de responder, borrar una frase, elegir una fotografía, esperar diez minutos para contestar y regresar con una declaración que parece salida de una novela. La vida presencial, en cambio, es muy distinta. En persona aparecen los silencios, los nervios, las contradicciones, los malos días, las diferencias y ese pequeño inconveniente de descubrir que el ser humano real no siempre coincide con el personaje que se construyó en la pantalla.

¿Qué clase de vínculo es ese que tiene mensajes, regalos, palabras de amor y promesas de futuro, pero nunca encuentra el momento para conocerse?

Esta contradicción resulta particularmente interesante en una época que llama redes sociales a las plataformas que prometieron acercarnos a todos.

Adela refiere que, en cinco estudios experimentales, Lee, Gillath y Miller analizaron cómo influía la autorrevelación en la intimidad y satisfacción de las relaciones. Encontraron que una mayor revelación personal se relacionaba con mayor intimidad cuando ocurría fuera de internet, mientras que, bajo determinadas condiciones, una mayor revelación en línea se relacionaba con menor intimidad y satisfacción.

Esto no significa que hablar por internet destruya las relaciones. De hecho, otros estudios muestran que la comunicación digital puede favorecer la cercanía y complementar las interacciones presenciales. Una investigación con 359 jóvenes adultos que mantenían relaciones de pareja encontró que cierta comunicación mediada por computadora se asociaba con mayor autorrevelación, intimidad y calidad de la comunicación, además de la interacción cara a cara.

La diferencia parece estar en algo muy sencillo: si la comunicación digital conduce hacia la relación o sustituye a la relación. Porque una conversación puede ser el principio de un encuentro, pero también puede convertirse en su sustituto. Y entonces aparece otro elemento: la validación.

Lo paradójico de estos vínculos es que pueden ser emocionalmente intensos y, al mismo tiempo, mantenerse cuidadosamente alejados de la realidad.

Las redes sociales no son enemigas de las relaciones. La evidencia científica muestra que pueden favorecer la conexión, facilitar la autorrevelación y complementar los vínculos existentes. El problema aparece cuando la comunicación deja de ser un puente hacia el encuentro y se convierte en el lugar donde la relación permanece indefinidamente.

La pantalla puede acercar, pero, a veces, también puede convertirse en escondite. Nunca sustituirá la presencia.

Una relación no se construye únicamente con frecuencia de mensajes. Se construye con tiempo, reciprocidad, vulnerabilidad, encuentros, desacuerdos, cuidado y experiencias compartidas.

Adela dice que “es contradictorio darse cuenta de que, en una época en la que nunca había sido tan fácil comunicarse, algunas personas puedan construir una sensación de enamoramiento a través de una pantalla sin llegar jamás al encuentro”.

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