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“Nosotros, quienes uno es tanto como vos, y juntos más que vos, os hacemos rey para que cuides nuestros fueros y privilegios, y si no… no”. 

Esa era la cántica con la que se ungía al rey en las cortes de Aragón ante la justicia de Aragón. Esto era para mostrar la igualdad y supremacía del pueblo y que el rey deberá hacer justicia y en su defensa; y gobernar en razón del pueblo y por el pueblo, y si no lo hace no será rey. 

Esto de cuidar fueros y privilegios tiene que ver con un concepto de identidad e integridad nacionales y que se fue desplegando poco a poco pero que se consolidó con el desarrollo de los Estados-Nación: la soberanía. 

Un concepto extremadamente importante para la subsistencia de un país y para el reconocimiento de su personalidad, su territorialidad, su gobierno y su seguridad interna y externa. La soberanía recae en el pueblo. Así que es el pueblo el soberano frente a todo poder. 

El pueblo es el que manda, los gobernantes son los mandatarios, que es decir, tienen que obedecer a su ser supremo: el pueblo. O al modo de Francisco Bulnes en 1910: “Cuando el pueblo dice que es de noche, aunque sea medio día, entonces hay que sacar los faroles”. 

Esto es: En teoría política, la soberanía implica la capacidad de un estado para ejercer control sobre sí mismo y sus asuntos, tanto internos como externos, sin interferencia externa. La soberanía implica la independencia y la autodeterminación de un estado. Y como se sabe, el Estado somos todos. 

La soberanía interna refiere al poder del Estado para establecer sus leyes, administrar justicia de forma autónoma y ejercer control sobre su territorio y población, sin injerencia de otros estados. En tanto que la soberanía externa refiere a la independencia de un estado frente a otros estados, es decir, su capacidad para tomar decisiones autónomas en asuntos internacionales, sin estar sujeto a la voluntad o control de otras potencias.

Todo esto de la soberanía, viene al caso, porque de un tiempo a esta parte el discurso político nacional refiere con extrema frecuencia la defensa de la soberanía nacional. En particular en días en los que el gobierno de Donald J. Trump, acecha al gobierno mexicano y lo sacude a cuentagotas pero de forma dañina. 

El gobierno federal mexicano ha decidido argumentar la defensa de la soberanía cuando no tiene información sólida o bien quiere defender causas que le atañen y que quiere mantener bajo resguardo.

Así, al hablar de imposición de aranceles por parte del presidente Trump de inmediato se acude a repudiarlos con un discurso de mediana intensidad que enfatiza en todo momento que México es soberano y que es un país autónomo y que es un país de  leyes… 

Sí, todo sí, pero ocurre que algunos de los hechos que caen en cascada desde Estados Unidos al gobierno mexicano no tienen nada que ver con la soberanía, que en México se confunde con envolverse en la bandera nacional.

Para defenderse de aranceles, de detenciones de delincuentes, de imposición de criterios económicos y financieros o la sola mención de exasesores presidenciales en tiempos de Obrador involucrados en presunto “lavado” de dinero, lo que no tiene nada de atentado a la soberanía nacional como los acuerdos del gobierno de Estados Unidos con delincuentes para obtener información peligrosa para el gobierno.

Sí. Por supuesto los mexicanos defenderemos a nuestro país frente a amenazas graves del exterior; aquellas que atenten contra nuestra integridad territorial, en contra de nuestros alcances geográficos, en contra de nuestras instituciones y en contra de la estabilidad y paz social. 

Pero no se vale que se invoque a la soberanía ante información o determinación de Estados Unidos, el que cada día a día sí asesta nuevos datos, nueva información, nuevas amenazas en contra de gente que ha dañado la relación entre los dos países. Esa información que debió conocerse en nuestro país pero que se ocultó a los mexicanos para la preservación de un gobierno. 

El temor a que un detenido declare cosas que sólo él conoce y que podría involucrar a políticos o autoridades y funcionarios públicos a cambio de una condena más piadosa, hace que haya indignación en el gobierno federal, y de nueva cuenta subyace al discurso recriminatorio una “defensa de la soberanía”, sin venir al caso.

El uso inútil de un discurso nacionalista no lleva a ningún lado. A los gringos les vale nada que aquí se invoque a que no se entrometa en asuntos de interés nacional mexicano. (Aunque ciertamente no debe entrometerse en asuntos que sólo competen a los mexicanos) Pero el discurso oficial es de tal forma reiterado que pierde fuerza e impacto; como así mismo el argumento de que todos los problemas nacionales de hoy vienen del gobierno del gobierno anterior al de Peña Nieto. 

O aquel de “Ya no somos como eran antes”, aunque la oposición les asesta la respuesta de “Ahora son peores”. 

Sí que sí, que si el gobierno utilizara argumentos sólidos, firmes, contundentes en defensa de cualquier amenaza a la estabilidad política, social, económica, patrimonial, territorial; en defensa de la vida y la seguridad de los nacionales, entonces no sólo el gobierno saldría a la defensa de enloquecidos mandatarios extranjeros y de su fuerza: saldríamos todos los mexicanos; los que nos queremos mexicanos, amamos a nuestro país a su cultura, a su gente, a su historia. 

Pero los temas que son de política se deberán responder a modo de política; no escriturar discursos dirigidos a un público mexicano para exaltar su nacionalismo y su indignación, cuando los temas son políticos o económicos o de justicia y tienen que arreglarse entre ambos países en los mismos términos, si, con firmeza, pero con solidez y verdad. 

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