Cuando una relación comienza, es completamente normal que las partes involucradas (él y ella) se empeñen en sacar lo mejor de sí para que todo sea “miel sobre hojuelas”. Mostrar la mejor de las sonrisas, ponerse las prendas más llamativas, echar mano del lenguaje más rebuscado, que las citas se lleven a cabo en los sitios más “in”, recorrer de pe a pa “El manual de Carreño” (el decálogo de los buenos modales), perfumarse y poner especial énfasis en el cuidado personal, entre otras cosas, suelen ser acciones cotidianas a las que hombres y mujeres recurrimos frecuentemente cuando alguien nos interesa y queremos cautivarl@.
Sin embargo, una vez que el valioso objetivo de atrapar a la “presa” elegida se ha concretado (ya sea que se logre arrancarle el “sí” para establecer un noviazgo o, yendo más lejos, la cacería concluya en el altar con el clerical “yo los declaro marido y mujer”), consciente o inconscientemente todos por igual, ustedes y nosotras, como que aflojamos un poco la marcha, nos recorremos el cinturón un par de agujeros y permitimos que el “verdadero yo” haga su aparición.
Y créanme, a veces, cuando ese fulano aparece (el famoso “verdadero yo”), las cosas se ponen realmente desagradables, con el distinguido y refinado caballero ,y la despampanante y sexi dama evaporándose cual quimera para dar paso a un par de monstruos indescriptibles capaces de las peores atrocidades:
Hacer ruidos al masticar, mascarillas verdosas con tubos para el cabello por las noches, fumar y beber, eructos y flatulencias, pies y axilas apestosos, mentir y celar, dejar la tapa del WC salpicada y no cerrar el tubo del dentífrico, pasar el tiempo con los “amigotes” y mes a mes llevar al límite la tarjeta de crédito, hablar pestes de la familia política y no ponerle gasolina al automóvil quien lo utilizó por última vez… el catálogo es interminable. Sí, se trata de ¡los malos hábitos!
Pero ¿cómo ocurrió?, ¿en qué momento el rey y la princesa del cuento se convirtieron en seres mundanos y terrenales? Si todo iba tan bien, él era prácticamente un clon de la portada del “GQ” y a ella sólo le faltaban un par de centímetros para que le permitieran inscribirse en “Miss México”. ¿Se trata, acaso, de una maldición bíblica por los pecados de Adán y Eva?
Sinceramente no es para tanto. En la realidad nadie es tan perfecto y nadie es tan desagradable como para que la cuestión de los malos hábitos se convierta en un tema de seguridad nacional. Sin embargo, cuando nos recargamos en el lado egoísta que todos tenemos o nos cegamos ante los deslumbrantes (pero superficiales) alardes de nuestra pareja, olvidamos que todos seres humanos y por ende todos poseemos virtudes y defectos. O sea, sin excepción, cada uno de nosotros albergamos el ying-yang de lo positivo y lo negativo… nadie está exento de ello. Por ello, es imperativo que ante una eventual relación de pareja más o menos seria (noviazgo o matrimonio) dejemos de lado esa desagradable capacidad que tenemos de idealizar al objeto de nuestro deseo.
Si tu pareja posee y ejecuta malos hábitos que te desagradan o que te incomodan, habla con él/ella, porque la base de toda relación debe ser la comunicación. Si eres parte de una dinámica en donde el principal ingrediente es el amor, entonces seguramente también existe tolerancia, aceptación y respeto. Así que, ante cualquier problema, siempre intenten encontrar una solución positiva.
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