A muchas personas en este mundo, sin importar sexo, condición y posición, les cuesta mucho trabajo tomar decisiones a lo largo de su vida, desde las más sencillas hasta las más complicadas. Y cuando éstas involucran a los miembros de la familia, ¡no hay nada más que agregar!, la dificultad aumenta a la diezmilésima potencia… ahora imagínense cuando un matrimonio tiene que discutir y decidir sobre una situación tan delicada como el que uno de los cuatro suegros (el papá o la mamá de la esposa, el papá o la mamá del esposo) tenga que ir a vivir a su casa o, en su defecto, considerar la alternativa de enviarl@ a una casa de atención o un asilo.
Sin duda alguna se trata de una situación muy delicada que no se puede tomar a la ligera, porque de esta decisión probablemente dependa la estabilidad o el resquebrajamiento de un matrimonio. En muchos casos he tenido la oportunidad de aconsejar y asesorar a hombres y mujeres casados que son hijos únicos que les ha tocado sufrir a niveles inconcebibles la determinación de llevar a vivir a su casa, donde conviven, convergen y coexisten a diarios con su esposa/esposo y sus hijos, a uno de los dos progenitores que les sobrevive.
¿Hasta dónde es posible que un hombre y una mujer tengan y puedan hacer lo correcto sin tener que afectar profundamente el espacio y la cotidianeidad del resto de los miembros de su familia con los que viven en pos de cumplir con un compromiso que incluso viene consagrado en los 10 Mandamientos con el “Honrarás a tu padre y a tu madre”?
Las aristas son varias y la relevancia de cada una son determinantes para que una pareja pueda llevar a buen puerto una situación de esta naturaleza y que involucra tanto sentimientos como acciones. Por ello, no es fácil sentarse a dialogar y a discutir sobre esta cuestión, aunque afortunadamente he conocido bastantes casos de este tipo en los que tanto el hombre como la mujer han echado mano del enorme amor que sienten por sus padres y sus suegros para abrirle las puertas de su casa a uno de ellos y así puedan vivir los últimos años de sus vidas rodeados de sus seres queridos, sintiéndose amados y perfectamente atendidos ya sea por sus propios parientes o por una persona profesional contratada exprofeso para esta cuestión.
Sin embargo, considerando el otro lado de la moneda, también he tenido la oportunidad de involucrarme en casos donde el hombre o la mujer se cierran terminantemente a recibir a alguno de sus dos suegros en casa (llevados por el rencor, el resentimiento y un anecdotario repleto de desencuentros mutuos) y esto orilla que estas personas de edad avanzada acaben sus días en una casa de atención o un asilo completamente olvidados por aquellos que supuestamente les deben la correspondencia del cariño, del amor y de los cuidados que éstos les prodigaron en alguna etapa de sus vidas.
Como cada cabeza es un mundo, lo ideal es que todos y cada uno de nosotros, en nuestros llamados “años mozos”, seamos capaces de cultivar y prodigar todo el amor que nos sea posible para que en nuestros últimos años podamos vivir rodeados de ese mismo amor que tanto nos preocupamos por repartir y esparcir con todos nuestros familiares.
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