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La desinformación no es nueva (siempre han existido la propaganda y la mentira), pero nunca antes había crecido a esta velocidad, ni había tenido esta capacidad de alcanzar a tanta gente. La tecnología está actuando como acelerador en el aumento del fenómeno.

El crecimiento de la desinformación se ha acelerado drásticamente debido a la expansión de la Inteligencia Artificial Generativa, que facilita la creación masiva de noticias falsas y la manipulación de la realidad, socavando la confianza en las instituciones y polarizando a la sociedad. Esto es motivo de preocupación, ya que no sólo se trata de mentiras ocasionales, sino de un auténtico diluvio de contenido que inunda las pantallas de los internautas de todas las edades.

La paradoja del acceso ilimitado a la información es la desinformación, causada por la fatiga informativa y el desapego, producto de la sobreinformación.

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Navegar en Internet y en los medios digitales se ha convertido en un caos. El primer paso para combatir la desinformación es llamarla por su nombre. Durante años se ha usado el término fake news, pero este concepto es demasiado simple y, a menudo, políticamente cargado. Es más acertado referirnos a este fenómeno como mala información o simplemente, desinformación.

¿Cuál es el propósito de quienes difunden información falsa?

La información falsa o manipulada creada y difundida con una intención maliciosa o engañosa (política, económica o ideológica) tiene la intención de engañar y causar daño, sacando provecho de ello. Un ejemplo de ello es la creación de un deepfake de un político o de una persona conocida para desprestigiarla

La misinformation que se difunde, pero sin la intención de engañar, se propaga porque quien la envía cree que es verdad. No tiene mala intención al difundirla. A veces se debe a un error involuntario. Ello ocurre, por ejemplo, al compartir de buena fe un bulo de WhatsApp sobre un remedio casero para la salud que es peligroso.

La malinformation es información verdadera pero que se utiliza para causar daño o manipular. Un ejemplo de ello sería difundier un email privado real con el fin de avergonzar o perjudicar a alguien.

La desinformación no es nueva (siempre han existido la propaganda y la mentira), pero nunca antes había crecido a esta velocidad, ni había tenido esta capacidad de alcanzar a tanta gente. La tecnología está actuando como acelerador en el aumento del fenómeno.

La IA Generativa ha cambiado las reglas del juego. Antes, crear una noticia falsa convincente requería tiempo y recursos. Hoy, cualquiera puede:

Generar texto: Un modelo de lenguaje puede escribir miles de artículos noticiosos falsos, convincentes y con un sesgo ideológico específico, en cuestión de minutos.

Crear Imágenes y vídeos falsos (Deepfakes): La capacidad de generar imágenes y vídeos hiperrealistas de personas haciendo o diciendo cosas que nunca hicieron ha alcanzado un nivel alarmante. El ojo humano ya tiene dificultades para distinguir lo real de lo falso.

Personalización del Engaño: Los algoritmos de las redes sociales nos conocen tan bien que la IA puede generar desinformación personalizada para apelar directamente a nuestros miedos, sesgos o resentimientos.

Las plataformas sociales están diseñadas para la viralidad, lo que beneficia a la desinformación por sus características intrínsecas.

Contenido emocional: La desinformación apela a la rabia, la indignación o el miedo. Los estudios demuestran que el contenido que genera emociones fuertes (especialmente negativas) se comparte mucho más rápido que la información neutral.

Cámaras de Eco: Los algoritmos nos muestran lo que queremos ver, encerrándonos en las llamadas “burbujas de filtro” donde solo se confirman nuestras creencias previas. Si creemos en un bulo, la plataforma nos saturará con información que lo “prueba”, dificultándonos el acceso a fuentes fiables.

Anonimato y bajo costo reputacional: Es fácil crear un perfil falso para difundir mentiras. El costo de mentir es bajo, pero el rédito (político o económico) puede ser enorme.

El triple rendimiento de la desinformación

La desinformación rara vez es algo accidental o casual. Detrás de cada gran bulo suele haber un interés poderoso para que esa información se difunda y viralice. Entender por qué nos ayuda a identificarla y desenmascarar el cómo.

Rendimiento económico: el negocio del clic (clickbait)

Muchas fake news tienen como único objetivo generar tráfico web a través de titulares llamativos e incluso escandalosos (el famoso clickbait). Más clics significan más usuarios, más publicidad y por tanto, más dinero para el medio informativo.

Rendimiento político e ideológico: sembrar la polarización

La desinformación es una herramienta fundamental en la guerra cultural. Su meta es dividir a la sociedad, socavar la credibilidad de los rivales, o movilizar a una base de votantes apelando a narrativas simplistas y emocionales.

Rendimiento geopolítico: la manipulación global

Grandes potencias utilizan la desinformación para desestabilizar a otros países, influir en elecciones o debilitar alianzas. Se trata de campañas coordinadas que buscan erosionar la estabilidad y la confianza social a medio y largo plazo.

El gran riesgo es caer en la fatiga informativa o desapego Informativo. Si la desinformación gana la batalla no es porque nos creamos todas las mentiras que escuchamos, sino porque llega un punto en el que ya no creemos nada.

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