La envidia es un sentimiento desagradable. Se trata de una emoción que nos destruye principalmente a nivel emocional, aunque estudios médicos y científicos recientes demuestran que las personas envidiosas sufren serias afectaciones a su salud. Pero ¿cómo evitamos dejar de sentir y desarrollar envidia? Lo que somos, lo que hacemos, lo que representamos y lo que tenemos puede despertar la envidia de los demás. Lo que son, lo que hacen, lo que representan y lo que tienen los demás también puede provocar que nosotros la experimentemos.

Antes que nada, debemos entender que la envidia es un sentimiento natural del ser humano que surge exclusivamente bajo un contexto de socialización. Sin embargo, ésta no es una reacción que surja de forma espontánea, consciente o deliberada, sino que surge primigeniamente con una falta de aceptación propia (baja autoestima), porque todo el tiempo nos empuja a compararnos con los demás. Igualmente, expertos en comportamiento animal han documentado que en determinadas especies, sobre todo en aquellas que se organizan en manadas encabezadas por una figura considerada como macho alfa, también existe una especie de envidia jerárquica.

¿Dónde se origina la envidia? Ésta surge de varias partes del cerebro, principalmente de la corteza prefrontal, un órgano que durante la juventud está en permanente desarrollo. Ubicada en la parte superior de donde están ubicados los ojos, esta parte es considerada la región más inteligente de todo el cerebro humano y desde ahí se maneja y condiciona el razonamiento moral y el desarrollo de la proyección social del individuo. A diferencia del orgullo, que es una emoción positiva y que abona en el fortalecimiento de la autoestima de los individuos, la envidia es tóxica porque implica una evaluación negativa de nosotros mismos.

Tener o sentir envidia es experimentar tristeza y enojo por el bien o bienestar ajenos. Por lo tanto, a los envidiosos no les agrada que los demás sean o posean y, si nos adentramos en terrenos teológicos, la envidia es considerada un pecado capital porque de ella se derivan otros pecados más graves. Pero regresando al ámbito psicoanalítico, tenemos que comprender que ésta daña nuestra capacidad para poder disfrutar y apreciar lo que sí poseemos, somos o hacemos, porque destinamos nuestro tiempo a desear que otra persona pierda lo que tiene. Deseamos quitárselo, dañárselo o que simplemente no lo tenga. Por ende, el envidioso nunca está satisfecho con su vida y logros propios, porque su concentración siempre está enfocada en “alguien más”, tanto en lo que haga, como lo que le ocurra y lo que obtiene.

Para desmarcarnos de que el resto de las personas nos consideren envidiosos, antes que nada debemos desprendernos de evitar caer en situaciones de elevada competitividad (no olvidemos que a mayor expectativa siempre es mayor la decepción cuando se presenta el fracaso); también es importante que aprendamos a involucrarnos en sinergias de motivación productiva y que todo el tiempo podamos conservar tanto la objetividad como la ecuanimidad. La valoración social no tiene porque ser más relevante que aquellos satisfactores que nos brindan bienestar emocional. Es muy importante que en todo momento tengamos presente que somos seres únicos y que nuestra circunstancia también lo es. Por eso debemos evitar sentir enojo o frustración cuando los demás alcanzan logros que nosotros no hemos conseguido.

Si eres una persona envidiosa, éste es un muy buen momento para que reflexiones sobre aquellas cosas que son importantes en tu vida. También piensa en aquellas necesidades que todavía no tienes cubiertas y trabaja por conseguir todos esos objetivos que están pendientes o procrastinados. Cuando sientes envidia estás cometiendo un error gravísimo, porque estás poniendo en el primer lugar de tus prioridades a otra persona y tú quedas relegado a un rol meramente secundario. 

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